sábado, 28 de diciembre de 2013

(2) LA VIDA DE JESUCRISTO Y SU ÉPOCA


29 de diciembre de 2013
 
(2) LA VIDA DE JESUCRISTO

Juan el Bautista: preámbulo



La visita real a una ciudad requiere estar en contacto con los servicios de protocolo de la Casa Real.

 
El orden de la caravana real para desplazarse irá precedida de un coche de la guardia civil; le sigue a cierta distancia el vehículo de seguridad de la casa real; detrás irá el rey seguido de los vehículo de las diferentes personalidades importantes que acompañan el cortejo, por último, cerrando la caravana otro vehículo de la guardia civil. Todo este protocolo es una medida de seguridad, y una señal de respeto. Este séquito que acompaña al rey no lo hace para ir preparando las carreteras por donde este tenga que pasar, ¡No!, No es esta su tarea, afortunadamente disponemos en todo el país de una gran infraestructura de carreteras y autopistas en un perfecto estado.

 
En tierra de Canaán y en todo oriente, en la época de Jesús, no había carreteras tan magnificas. Los firmes empedrados aparecieron más tarde. Cuando la lluvia caía con fuerza, las carreteras se llenaban de baches bastantes profundos, en las serranías, grandes piedras rodaban desde las montañas hasta llegar a invadir toda la calzada, Y en las comarcas donde las carreteras serpenteaban por los bosques y selvas, el paso quedaba cortado con harta frecuencia por árboles que habían caído rotos por la violencia de las tempestades.
No cabe duda, que en aquel entonces los viajes resultaban bastante peligrosos. No había automóviles, de modo que los reyes y príncipes tenían que contentarse con carruajes. Por ello los miembros de las familias reales se valían de un mensajero que corría delante del carruaje real. Y cuando, en algún sitio, había baches, el mismo mensajero los tapaba para que el carruaje real no fuese a caer en alguno de ellos y evitar un accidente. La tarea del mensajero consistía en preparar y componer la carretera que el rey hubiera elegido para viajar.
 
Por añadidura, el mensajero estaba encargado de anunciar la venida del rey, a fin de que los súbditos rindiesen homenaje al monarca aclamándole cuando pasara en su carruaje. El mensajero no se anunciaba a sí mismo, sino al que venía tras él. El mensajero era de poca importancia; mucha más importante era la apariencia de Su Majestad.
 
En los países orientales, dicho mensajero se llamaba PRECURSOR.
 
El Señor Jesús, Rey de reyes, había nacido en un establo en Belén. En toda la tierra de Canaán casi nadie lo sabía. Los judíos, en realidad, esperaban la venida del Mesías, pero, según creían, había de venir a fundar un reino terrenal, con la finalidad de echar fuera a los romanos, ocupantes tan odiados en aquel entonces, para restablecer el antiguo reinado de David, en el que los judíos vivían tranquilos y prósperos. Este era el pensamiento que tenía acerca del Mesías venidero, especialmente los fariseos y escribas, que así lo habían enseñado al pueblo. Todos se equivocaron, porque el Señor Jesús no vino a establecer un reino terrenal, no vino a herir al emperador romano, sino a herir en la cabeza a la antigua serpiente, que es el diablo y Satanás. El Mesías vendría para salvar a los pecadores, constituyéndose Señor y Salvador de su pueblo elegido.
 
Así llegamos a comprender por qué los judíos no esperaban un Rey de esta clase. Un Salvador espiritual, no; un libertador político, sí. Dios, sin embargo, en su bondad envió un mensajero, un Precursor, para que proclamase la venida del Rey. Desde luego, el precursor no tenía por tarea la de preparar las carreteras para hacerlas transitables, sino la de enderezar un camino en los corazones del pueblo israelita. Era necesario que el pueblo de Israel se diera cuenta que estaban perdidos en delitos y pecados, por los cuales si no se producía en ellos arrepentimiento serían castigados por un Dios santo y justo, al cual habían ofendido y afrentado. Amén de todo esto, el Precursor tuvo que anunciar la venida del Rey, el cual tenía el poder de salvar al pueblo de sus pecados y de eximirlo del castigo eterno, y pregonarles que la única posibilidad de escapar a la ira venidera consistía en creer en el Hijo de Dios, Salvador de los perdidos.
 
Los judíos tenían que convencerse de la necesidad de un Salvador.
 
El pensamiento tan profundamente arraigado en la mente de los judíos de que el Mesías vendría a establecer un reino terrenal, tenía que ser quitado de raíz. En verdad, era necesario anunciarle que no habían de ser librados del yugo de los romanos, sino de un enemigo mil veces más peligroso:
del diablo y de la esclavitud del pecado.
 
Por ello, Dios les envió un precursor que anunciase la venida del Salvador.
 
Antiguamente la señal de que venía un rey era la llegada previa de un precursor.
 
La senda tenía que ser enderezada en los corazones, ya que un corazón no preparado no puede recibir nunca el mensaje de salvación de Jesucristo.
 

Juan el Bautista: su ministerio


Vayamos al río Jordán en nuestros pensamientos, trasladémonos por un momento en el tiempo.
 
Al llegar a sus orillas nos damos cuenta de que no estamos solos. Hay mucha gente que se ha congregado alrededor de un hombre. Todos escuchan con atención el mensaje que está predicando en alta y clara voz:
 
Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Pues este es aquel de quien hablo el profeta Isaías; cuando dijo:
Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.
Viene tras mi el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado.” (Leed Mateo 3:1-12)
 
Pero... ¿Quién ha de venir?... Pues el que había de venir era Jesús, el Mesías, el Salvador, y el Precursor suyo era Juan, el hijo de Zacarías y de Elisabet. Su figura es sorprendente, y como dice en las Escrituras va vestido de pelo de camello y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos. Sus vestidos eran copia posiblemente de los vestidos del gran profeta Elías.
 
A Juan se le compara con Elías por su ministerio y la austeridad en la que vivía, a Eliseo, siervo de Elías, se dice que tipifica a Jesús.
 
Treinta años han transcurrido desde su nacimiento, su nombre “Juan” significa: “Gracia de Dios”. En lo referente a la juventud de Juan lo ignoramos todo. Es muy probable que, muertos sus padres, se haya retirado de su pueblo para ir a vivir en el desierto en busca de soledad, lejos del hervidero de gente. Cerca de allí había una comarca solitaria, estéril y desierta. Tampoco sabemos cuanto tiempo ha pasado allá en el desierto; quizá habrá estado allí por largos años. La única cosa que la Palabra de Dios nos revela es que Juan comía langostas y miel silvestre. Los habitantes de Canaán tenían la costumbre de comer langostas, las cuales aliñaban para asarlas. Asimismo, en los países orientales abundan los enjambres de abejas silvestres, que viven en árboles huecos o en las hendiduras de las peñas. En el desierto también había abejas silvestres, y parte de su miel constituía el alimento de Juan.
 
Alcanzados los treinta años de edad, Dios le manda predicar; fue probablemente en el año 25 ó 26 d. De C. cuando este nuevo profeta rompió el silencio y empezó a agitar el corazón de las gentes. En su predicación hacía hincapié en la necesidad de que cada uno confesase sus pecados y se convirtiese a Dios. Juan, por añadidura bautizaba en el río, lo cual le valió el sobrenombre de “Bautista”.
 
 

San Juan Bautista

Tras pasar años de penitencia en el desierto, san Juan Bautista proclamó la llegada del Mesías como profetizaba el Antiguo Testamento. Como los antiguos profetas, llevó una vida ascética, predicó la importancia de la penitencia y bautizó a los creyentes en el río Jordán. Su obra culminó con el bautismo de Jesús. Al poco tiempo fue martirizado por Herodes Antipas.

 
 
 
Como un reguero de pólvora que se prende, la noticia del nuevo profeta iba difundiéndose por toda la nación. Los judíos, al enterarse del hecho, quedaron atónitos. ¿Un nuevo profeta?... el último profeta fue Malaquías, pero hacía cuatrocientos años que murió. No era, pues, nada extraño el que muchos judíos hubieran ido al Jordán para escucharle. Tenían mucha curiosidad por saber lo que el singular profeta anunciaba. Acudían al lugar, a orillas del río Jordán, de todas las regiones del país.
 
Cuando Juan hace constar que todos han ofendido a Dios por causa de sus pecados, son movidos a inclinar la cabeza, reconociéndose pecadores delante de Dios, no se burlan de Juan, muy al contrario, porque en su fuero interno sienten y reconocen que es verdad lo que les dice. Luego se adelantan y arrepentidos confiesan sus pecados, (es necesario arrepentimiento para aceptar a Cristo como Salvador) y bajan al agua para ser bautizados por Juan. La inmersión es señal de la purificación de nuestros cuerpos por el agua.


He aquí, la manera en que Juan iba preparando el camino del Señor Jesús en los corazones de los pecadores arrepentidos, los cuales, anhelaban ver al gran Rey, el único que podía salvarles de la perdición eterna. Gente de todas las clases sociales se acercaban a Juan, ciudadanos de Jerusalén muy distinguidos, publicanos, Soldados y pobres pescadores del norte del país. El no predicaba para vanagloriarse, sino que en todo su mensaje siempre se refiere al Rey. Como el precursor que iba corriendo delante del carruaje de un rey terrenal, Juan iba corriendo delante del Rey celestial preparando el su camino.
 
Fariseos y saduceos, representantes de la religión oficial también se acercan a Juan. Este no solo no le hace ninguna reverencia, sino que mirándoles con sus facciones extremadamente serias se dirige a ellos con un mensaje claro y bastante duro:
 
¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?!
 
¡Que fuerte es este mensaje! ¿Por qué les trataba así y les llama raza de víboras?
 
Juan es profeta del Señor y un verdadero profeta que lleva mandato divino sabe escudriñar los corazones de la gente y no se deja engañar por muy piadosas que parezcan las caras de estos santurrones. Por advertencia divina, Juan sabe de antemano que los fariseos y saduceos han ido a él no por respeto a su predicación, su corazón es malo en gran manera, se creían piadosos al extremo de no necesitar para nada al Salvador. Creían ganar el cielo por sus propios méritos. No sólo se habían engañado a sí mismos, sino a toda la nación con su presunción y doctrina. Ellos, los dignatarios religiosos, tenían la culpa de que la nación judía estuviera esperando un rey terrenal en vez de celestial, porque así habían enseñado al pueblo. Toda su predicación sobre el presunto rey terrenal era, pues, mentira y engaño. El profeta Isaías y los demás profetas del A. T. habían profetizado otra cosa. Por ello es que Juan los trata con tanta dureza. Su alma se indigna por tanta falsedad e hipocresía. También dice a los fariseos y saduceos que tienen que convertirse; ellos también tienen que ser redargüidos de pecado y de culpa. Muy airados se niegan a escuchar a Juan, pero este les amonesta a escucharle, diciendo que, cuando en un huerto hay un árbol que no lleva fruto, el hortelano al final lo cortará y quemará, ya que un árbol que va creciendo sin producir nada, ocupa un lugar donde otro árbol podría estar, más fructífero que el primero. Entonces el hortelano pone el hacha a la raíz del mismo árbol y lo corta. Es un ejemplo, una parábola, con la cual Juan quiere decir: “De la misma manera Dios va a cortaros a vosotros si no queréis escuchar, y la muerte no tardará en venir a vosotros; por muy fariseos y saduceos que seáis, también os alcanzará a vosotros.”
 
En la actualidad también existen fariseos y saduceos entre los llamados cristianos, los primeros son aquellos religiosos fanáticos que creen ganar el cielo cumpliendo la ley. Los saduceos están representados por aquellos que practican la religión como rutina pero en lo más profundo de su corazón no creen en nada.
 
Juan poseía la honradez moral de exigir una nueva vida a todo aquel que le escuchaba, y a medida que progresaba su obra, las multitudes le oían y se arrepentían. Así prosiguió su labor esperando fielmente la aparición del Ungido.
 
Mientras tanto, en Nazaret de Galilea, Jesús, quien ya tenía treinta años de edad, estaba ansioso e impaciente porque el tiempo de empezar su obra estaba muy cerca. Israel vivía pendiente de la nueva sensación que había causado el nuevo profeta, el evangelista del Jordán. Jesús tomó el camino principal que conducía a Judea y después al Jordán, uniéndose a los grupos de peregrinos que se dirigían para escuchar a Juan, presentándose ante él para que lo bautizara.
 
Por fin Juan y Jesús estaban frente a frente... en el tiempo previsto de antemano los dos hombres predestinados se encontraron. Juan había estado unos años preparando ese momento. Era la culminación de la obra de su vida. Era el comienzo del ministerio de Jesús. Hasta estos instantes Juan no había visto nunca a Jesús. Pero cuando Jesús le pidió que lo bautizara supo que por fin el Mesías estaba ante él. Vaciló e insistió en que no era digno de bautizarlo. Jesús insistió, diciendo:
 
Porque así conviene que cumplamos toda justicia.” Juan obedeció a su Maestro.
 
Dice la Escritura que cuando Jesús fue bautizado, los cielos fueron abiertos, y el Espíritu Santo descendió como paloma sobre Jesús. Y hubo una voz de los cielos que decía:
 
 
Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia..” Mateo 3:16-17
Jesús estaba ahora dispuesto a comenzar su ministerio.



GRANDEZA DE ALMA

La nobleza de Juan se revela en un acontecimiento de suma importancia que tuvo lugar entonces. Durante un tiempo el había sido el personaje más destacado de todo el país, ahora, Jesús comienza su ministerio y grandes multitudes se le acercan. Algunos seguidores de Juan le habían abandonado para seguir a Jesús. Sus discípulos se alarmaron por la popularidad de Jesús y porque su ídolo iba perdiendo brillo. Llenos de celo fueron y le dijeron a Juan:
Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza y todos vienen a él” Juan 3:36
 
En esto juzgaron mal a Juan, en su corazón no cabían los celos, era leal a Aquél que había bautizado como el Mesías, así que se apresuró a contestar:
 
Respondió Juan y dijo: no puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de Él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que Él crezca, pero que yo mengüe” Juan 3:27-30
 
La humildad de Juan no estaba reñida con su carácter fuerte. La debilidad de carácter no es sinónimo de humildad. En realidad ser humilde significa reconocer que todo lo que eres y tienes se lo debes a Dios.

MUERTE DE JUAN EL BAUTISTA

Herodes Antipas (del 4 a. De C. al 37 d. De C.) tetrarca de Galilea y Perea, era hijo de Herodes el Grande. Fue un hábil gobernante en sus relaciones con los judíos. Se había casado con la hermana de Aretas rey de Arabia. Más tarde se enamoró ciegamente de su sobrina Herodías, que era la esposa de su medio hermano Felipe de Roma. Se divorció de su esposa y se casó con Herodías. Todo esto causó guerra entre él y Aretas. Este escándalo en la vida del soberano motivó muchos comentarios de la gente. Juan denunció aquella impía alianza y a causa de su valor Herodes mandó que lo decapitaran. El Evangelio de Marcos 6: 18 dice al respecto:
 
Porque Juan decía a Herodes: no te es lícito tener la mujer de tu hermano”
 
Puesto que era un hombre de convicción y valor, no podía hacer otra cosa a pesar de saber el gran peligro que corría. Juan fue encarcelado debido a los reproches que hizo a Herodes y a Herodías, y esta “le acechaba” y resolvió hacerle pagar su pública denuncia.
 
Su cárcel fue la antigua fortaleza de Macaerus que estaba situada a unos 11 km al N.O. de la costa del Mar Muerto. Los arqueólogos han descubierto la antigua fortaleza, por lo que podemos reconstruir sus detalles. Fue fortificada por los príncipes macabeos alrededor del año 100 a. De C., destruida por los romanos y luego reconstruida por Herodes el Grande. En el tiempo de Juan, Herodes Antipas controlaba la fortaleza. Estaba situada sobre una cima cónica más alta que Jerusalén, al otro lado del Jordán. El castillo estaba edificado sobre dos mazmorras que fueron descubiertas en lo que formaban un sótano y que posiblemente ocupó Juan. En aquel frío y solitario calabozo vivió Juan hasta el día de su ejecución, que aconteció un año después de su encierro. Los discípulos de Juan no se dispersaron después de su encarcelamiento a pesar de que se habían quedado sin líder. Estos le dieron la noticia de que grandes multitudes seguían a Jesús, y de las obras y milagros que estaba realizando. Todo esto hacía pensar a Juan y maravillarse.
 
Herodías había determinado procurar, por todos los medios a su alcance, la muerte de él. Con persistencia y cautela esperaba su oportunidad. La ocasión se presentó el día del cumpleaños de Herodes. La fiesta debía celebrase en el palacio, donde dio una cena a sus “príncipes y tribunos y a los principales de Galilea” (Mc 6: 21). Se trataba de un banquete de gala, pompa y orgía. La función principal de la conmemoración era la comida. Los invitados se atiborraron de una buena comilona y olorosos vinos.
 
Herodías había planeado la consecución de sus propósitos. Su plan era lo más pérfido que se pueda imaginar. Iba a humillarse y a emplear el atractivo físico de su propia hija Salomé ante Herodes su amante y ahora marido. Salomé, tan vil como su madre, deseaba tomar parte en los planes de esta. Sin considerar el deshonor que ello iba a significar, entró la hija de Herodías, danzó, y agradó a Herodes y a los invitados que estaban con él a la mesa. Dice una inscripción latina: “Era vergonzoso bailar y que una virgen entrara en el salón de banquete donde los hombres habían bebido libremente”. Herodías estaba dispuesta a prostituir a su propia hija si ello podía cumplir su propósito. Herodes estaría demasiado borracho para darse cuenta en las profundidades que había caído Herodías, o bien no le importó demasiado la cosa. Sin duda alguna fue obsequiada con grandes aplausos por la distinguida concurrencia presente, y Herodes excitado llamó a la bailarina y le dijo: “Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré.” Más tarde volvió a decirle en juramento: “Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino” (Mc 6:23)
 
Salomé y su madre Herodías habían anticipado esto. Su proyecto estaba en marcha. Y pidió a Herodes:



Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista.”




El rey, borracho, había prometido demasiado, y se entristeció mucho. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Debía sostener su promesa a causa de su juramento, de sus invitados y porque no podía hacer un desplante a Herodías. Había saltado el resorte de la trampa y Juan el Bautista iba a morir. Enseguida el rey, enviando uno de la guardia, mandó que fuese traída la cabeza de Juan. El guarda fue y le decapitó en la cárcel (Mc 6: 27). Herodías había conseguido su deseo.
 
Cuidado con las palabras que salen de nuestra boca, hacen juicio. Prov. 3:3
 
Sin duda alguna la noticia de tan desgraciado acontecimiento se esparcieron enseguida, y cuando algunos de los discípulos de Juan se enteraron, nos dice Marcos en su Evangelio que, vinieron y tomaron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro” (6: 29). El lugar de su sepultura fue, posiblemente alguna de las cavidades usadas como tumbas cerca del castillo o fortaleza Macaerus.
 
Mateo añade al relato de la muerte de Juan las palabras: “Y fueron y dieron las nuevas a Jesús.” No sabemos lo que Jesús hizo o dijo, sin embargo, estamos seguros que apreciaba y amaba a Juan y se apenó por la tragedia acontecida a su precursor y leal amigo.
 
SU APORTACIÓN

Juan había cumplido fielmente la misión encomendada. Había sacudido a la nación, denunciado el pecado de la gente, suplicado que se arrepintieran, anunciado el reino de Dios, bautizado y presentado al Mesías. Fue leal hasta el fin y fiel hasta la muerte. La Ley y los Profetas permanecieron hasta Juan. Este fue el eslabón de unión entre el Antiguo Pacto y el Nuevo.
 
El construyó en sentido figurado el puente por medio del cual los primeros judíos pasaron de Moisés a Cristo.

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